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BETANCOURT Y CYPER, DOS OLVIDADOS MÁRTIRES DE LA FE CRISTIANA

ultima foto de Ivan Betancourt

Por:Juan Ramón Martínez.

En el primer trimestre de 1968, recibí en Choluteca la visita del diácono colombiano Iván Betancourt. Llegaba a la Colmena, centro de capacitación de Escuelas Radiofónicas, propiedad de la diócesis de Choluteca, entonces dirigida por monseñor Marcelo Gerin, miembro de la misión de los javerianos. Iván venía a conocer el trabajo que hacíamos con los campesinos, especialmente el programa de capacitación de líderes en que, usando el Método del Encaminamiento Operacional de la Acción Colectiva, con el padre Juan Pablo Guillte, buscábamos forjar líder que movilizaran la fuerza de los pobres de la comunidades rurales en dirección a la solución de sus propios problemas, sin depender del gobierno. Iván Betancourt había llegado en septiembre de 1968 a Honduras, estableciéndose en la diócesis de Olancho a cargo de monseñor Nicolás D´Antonio. Había nacido en Fredonia, Antioquia, Colombia, en el matrimonio de Luis y Felisa de Betancourt. Efectuó sus estudios secundarios en Cali entre 1954 y 1959. De Honduras,  en 1970, regresa a Colombia en donde fue ordenado sacerdote en Fredonia. Fue asignado a Dulce Nombre de Culmí. De allí fue a Otawa, Canadá, a sacar una maestría en pastoral familiar (1974) y asignado a la parroquia de Catacamas, en donde desplegó un intenso trabajo con  los movimientos católicos, especialmente la atención a las familias, estableciendo los “Laboratorios Conyugales” – que mucho ayudaron a los participantes, especialmente los que tenían problemas en el interior de sus parejas — y  el de la Celebración de la Palabra, por medio del cual líderes religiosos dominicalmente en ausencia de sacerdotes, efectuaban la lectura de la Palabra de Dios y comentaban la vinculación de la misma con las realidades que enfrentaban en sus vidas individuales, familiares y comunales. Por su parte, el padre Casimiro Cyper había nacido en Medford, Wisconsin, en el seno de una familia pobre, el 12 de enero de 1941. Fue ordenado sacerdote franciscano conventual en la catedral de San Pablo en Minnesota el 29 de mayo de 1958. Llegó a Honduras, para atender las parroquias de Gualaco y San Esteban en el departamento de Olancho, lugares muy aislados y de difícil acceso, para entonces.

El 25 de junio de 1975, el padre Iván Betancourt viajando de Tegucigalpa hacia Catacamas, se detuvo a comprar combustible en la gasolinera que entonces estaba en un aserradero ubicado en el Valle de Lepaguare, – propiedad del señor Enrique Barh — fue capturado por fuerzas militares comandadas por el mayor Enrique Chinchilla. El padre Betancourt viajaba acompañado por María Elena Bolívar  —  joven nacida y residente en Cali, Colombia, trabajadora en un banco privado y novia de un hermano suyo con el cual proyectaba contraer matrimonio–  y  por la estudiante de la UNAH Ruth García Mallorquín, nieta de Justo García, antiguo capataz de los campos bananeros, compadre de mi padre y amigo cercano de mi familia, mientras vivimos, en el campo bananero de La Jigua, en el municipio de Arenal, en el departamento de Yoro. Ruth García Mallorquín aprovechaba el viaje del padre Betancourt para visitar a sus padres en Juticalpa. Betancourt y sus acompañantes, fue llevado esposado a la casa hacienda de los Horcones, propiedad de Manuel Zelaya Ordóñez – a quien apodaban “tres piezas” porque solo usaba zapatos, camisa y pantalón –, caudillo nacionalista (declaraciones de Jorge Arturo Reina, La Tribuna, julio 4 del 2016), convertido en liberal por Modesto  Rodas Alvarado, en donde después de múltiples torturas y vejaciones difícil de narrar, sin ofender el oído de las personas, fue muerto  a balazos inferidos por los implicados, sargento  Benjamín Plata, mayor Chinchilla, Manuel Zelaya Ordóñez y Enrique Barh — junto a 10 personas más que habían sido capturadas por las autoridades militares en el Centro de Capacitación Santa Clara: Máximo Aguilera, Lincoln Colman, Arnulfo Gómez, Alejandro Figueroa, Fausto Cruz, Francisco Colindres, Óscar Ovidio Ortiz, Bernardo Rivera, Roque Ramón Andrade y Juan Benito Montoya. El Centro había  sido cedido por el obispo  de la diócesis a las organizaciones comunales del departamento de Olancho. Eran oficinas de las Escuelas Radiofónicas, Cáritas de Honduras, de UNC, de la Cooperativas de Consumo que tenía su bodega central allí y el espacio en donde se ofrecía capacidad a los dirigentes de las comunidades rurales y de las ciudades olanchanas. El gerente de la bodega central de la Cooperativa de Consumo, era  Lincoln Colman. Durante el asalto, los ejecutores saquearon todos los bienes de consumo que había allí. Es decir que, además de capturas y asesinatos, los asaltantes y sus compinches, ejercieron el saqueo de los bienes de los campesinos. Apenas pudo rescatarse, me refiere Fausto Erazo Camacho que era para entonces, el coordinador nacional del movimiento de las cooperativas de consumo, una de las bodegas de frijoles propiedad de la UNC que, no pudieron llevarse las autoridades convertidas en delincuentes.

La marcha campesina

El movimiento campesino social cristiano, posiblemente el más fuerte y organizado de toda la historia del país que, entonces contaba con la simpatía y el apoyo de parte de la Iglesia Católica del país – había decidido realizar una “marcha Campesina” que, desde diferentes puntos, convergería en la ciudad de Tegucigalpa para exigirle reivindicaciones al gobierno de Juan Alberto Melgar que ilegalmente ejercía la función de jefe del Estado, nombrado por quienes habían asumido para entonces la soberanía popular: el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas. La idea no era original. Tenía un antecedente que algunos líderes sociales cristianos conocían: la marcha sobre Roma de Benito Mussolini. Y en Honduras, la uso en 1972 Osvaldo López Arellano, contando con la complicidad de Reyes Arévalo, presidente de la ANACH, — la más fuerte organización campesina para entonces —  para precipitar el golpe del 4 de diciembre de 1972, que provoco la caída del presidente Cruz Ocles. De forma que para los militares que rodeaban a Melgar, La Marcha Campesina tenía una evidente orientación política que era necesario neutralizar. Cosa que hicieron muy bien, de forma pacífica, en casi todo el país. Las comunicaciones funcionaron muy bien en todos los departamentos del país, menos en Olancho en donde Chinchilla incurrió en el delito para evitar el avance de la marcha campesina que, nunca trascendió las fronteras departamentales siquiera.
La reacción del gobierno de Melgar Castro

En razón de lo anterior, el gobierno del jefe de Estado Melgar, ordenó que se detuviese la marcha. En casi todo el país, el operativo funcionó: los campesinos fueron bajados de los buses y regresados a sus lugares de origen, se colocaron retenes en puentes para detener pequeños camiones que conducían personas sospechosas, etc. etc. Menos en Olancho. Había allí una fuerte alianza entre los ganaderos y los militares, enfrentados a los dirigentes campesinos que tienen tras de una gran organización de cooperativas de consumo, bases muy bien entrenadas y movimientos auxiliares como las Escuelas Radiofónicas y los Clubes de Amas de Casa que ya estaban siendo transformados en la base de la Federación de Mujeres Campesinas de Honduras. Además, había un fuerte rechazo, artificialmente montado en los grupos pudientes de Olancho, en contra de la Iglesia Católica. La alianza de los militares con los principales dirigentes ganaderos – Juan Zambrana, Manuel Zelaya Ordóñez, entre otros – y el mayor Enrique Chinchilla, todavía no está suficientemente estudiada. Por su especificidad y su anormalidad. Porque solo allí, en Olancho se actúo con tal saña, violencia e irrespeto a la ley por parte de los militares. En ningún otro lugar del país se produjo un incidente tan doloroso y que tanta  vergüenza ha provocado entre todos los hondureños. Fue un crimen atroz, con todos los agravantes y además, cometidos por la autoridad en contra de sacerdotes, personas particulares, una extranjera incluso y líderes campesinos. Los intentos para explicar tal conducta criminal, solo se pueden hacer desde la anormalidad psicológica y la arrogancia del poder. O fruto de la personalidad del mayor Chinchilla, su incapacidad para entender las órdenes de sus superiores y el consumo de estupefacientes, para mantenerse activo. El comportamiento de los ganaderos cómplices no es extraño e incomprensible, porque creían que sus propiedades estaban amenazadas. Y hombres violentos, creyeron que la violencia con los militares, tenía la impunidad asegurada. Adicionalmente hay que decir que Melgar simpatizaba con el social cristianismo de tal forma que, adicionalmente por razones de amistad había nombrado asesor de su gobierno al Ing. Vicente Williams Agase, a Fernando Montes Matamoros como ministro de Recursos Naturales y a Lidia Williams de Arias como ministra de Educación. Los dos primeros, por razones obvias, se opusieron a la Marcha Campesina, porque anticipaban confrontaciones en Olancho, en donde ya se había producido el primer encontronazo violento entre campesinos y terratenientes con saldo de varios muertos en el lugar llamado La Talanquera, tres años antes. No cabe duda que los sacerdotes de la diócesis apoyaban como obligación evangélica a las organizaciones campesinas, justificaban el reclamo de los más pobres por una vida mejor; pero no participan en la organización y mantenimiento de la Marcha Campesina sobre Tegucigalpa, como algunos desinformados creyeron. Tenemos evidencia que la participación del padre Iván Betancourt es mínima, casi marginal en una zona de elevada organización campesina como es Catacamas. Y la del padre Casimiro Cyper es posiblemente inexistente, tanto porque Gualaco era en términos de organización social, una zona de frontera y su sacerdote – recientemente llegado al país — todavía no había terminado de entender el tipo de conflicto y formas de lucha usados por los campesinos. Por lo que estaba menos involucrado en apoyarlos que otros colegas suyos, ubicados en el resto de las parroquias del extenso departamento de Olancho, el más grande y despoblado del país. Con exceso de tierras y por supuesto, extensiones sin cultivar por nadie.

La denuncia de José Ochoa Martínez y el arzobispo Héctor Enrique Santos

Chinchilla, después del crimen cometido, pidió dinero a los ganaderos – los que lo aportaron generosamente – para montar una campaña de desinformación, propalando la especie que los desaparecidos, incluidas las dos señoritas asesinadas, se habían internado en las montañas para iniciar mediante la técnica de guerra de guerrillas, la lucha en contra del gobierno. Uno de los periodistas a los que se le ofreció dinero fue José Ochoa Martínez el que, al darse cuenta que era una trama muy burda en un clima noticioso que reclamaba explicaciones más lógicas, creyó que era su deber darle a monseñor Héctor Enrique Santos, no solo la información referida al intento de conseguir su respaldo periodístico a cambio de dinero, sino que además referirle que las 14 personas habían sido asesinadas. Monseñor Santos y la Conferencia Episcopal, pidieron una investigación del asunto y mostraron su dolor ante lo ocurrido.

La Comisión de Investigación de las Fuerzas Armadas

El Consejo Superior de las Fuerzas Armadas creó una comisión integrada entre otros por el coronel Amílcar Zelaya Rodríguez, que rindió un informe contundente sobre los hechos, confirmando el asesinato de 14 personas, el depósito de sus cadáveres en un pozo de malacate de la hacienda de Manuel Zelaya Ordóñez, al cual agregaron varias bolsas de cal viva,  tierra de los alrededores y usaron tractores para aplanar el terreno, de tal manera que nadie pudiera imaginar que alguna vez allí había existido un poso de malacate. Después que los involucrados confesaron los crímenes, se procedió a desenterrar los cadáveres. El de María Elena Bolívar regresó a Colombia. Ruth García fue enterrada en Tegucigalpa. En la UNAH hay un busto suyo, el único de todos los mártires del acto más violento de toda la historia del país, que ha sido recordada y honrada por sus compañeros universitarios.  Los sacerdotes y los dirigentes campesinos fueron enterrados en varias localidades del departamento de Olancho, entre la pena y el estupor de miles de personas que constataban asombrados el grado de salvajismo que provocaban las autoridades sin ley, sobre los ciudadanos indefensos del país. Iván Betancourt fue enterrado fuera de la iglesia de Catacamas, en uno de sus costados. El padre Casimiro en el interior de la iglesia de Gualaco. De ninguno de los dos y de nadie más, hay un monumento que recuerde su martirio. La cruz que los campesinos colocan en el lugar donde fueron arrojados al fondo del pozo de malacate, los propietarios del suelo, las derriban y destruyen. Para que no quede huella.

El rompimiento entre las FF AA y su pueblo se inició peligrosamente y en muchos oficiales, se desarrolló el sentimiento que era el momento de regresar a sus tareas profesionales, devolviéndole la soberanía al pueblo y el gobierno a los políticos. Melgar pidió y obtuvo la renuncia de Williams Agase y Montes Matamoros e inicio, su declive que al final, terminaría con la forzada renuncia pedida por el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas, del cargo de jefe de gobierno en agosto de 1978. Dos años después, los militares algunos a regañadientes, convocaron a elecciones generales, las que fueron ganadas por los liberales que compitieron contra los nacionalistas que cargaban bajo sus espaldas los errores de 17 años de gobierno del “amachinamiento” entre López Arellano y los dirigentes nacionalistas encabezados por Ricardo Zúniga Agustinus.

El retraimiento definitivo de la iglesia, la rendición de la jerarquía y el abandono de la pastoral social de la tierra y dejo atrás, el olor de sus ovejas.

La Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica hondureña no pudo asimilar el golpe. Ni entender a la luz del Evangelio, el sentido de los hechos ocurridos  La confrontación violenta, los asesinatos de los dos sacerdotes, las dos señoritas y los 10 campesinos en Olancho, no pudieron ser asimilados por la jerarquía católica que reaccionó con exagerada mansedumbre, se distanció de la organización campesina, rompió relaciones con el PDCH y removió de sus filas a los seglares que habían tenido alguna relación con los acontecimientos. Dejó de oler a ovejas, como va a decir mucho tiempo después Francisco, el Papa jesuita nacido en Argentina y que ahora vive en Roma. Y lo peor, retiro de la silla obispal a Nicolás D’Antonio que fue exiliado a los Estados Unidos, su país de origen. Las parroquias fueron abandonadas. Contrario a la historia del cristianismo que siempre se ha agigantado ante la sangre de sus mártires, la Iglesia Católica, se acobardo y cedió ante la petición de los militares, cuya amistad considero mucho más importante que cualquiera otra consideración doctrinal. Por ello es que fuera de Olancho, ni Iván Betancourt y Casimiro Cyper, son considerados como mártires de la iglesia hondureña, pese a que entregaron su vida por razón de su fe. La Iglesia Católica hondureña, a partir de junio de 1975, empezó a declinar numéricamente, de forma que a estas alturas incluso, representa menos del 50% de los que se consideran religiosos en el país. Superada por los evangélicos, por primera vez en su historia. Cada 25 de junio se honra a los mártires, pero solo en Olancho. En el resto del país, incluso no se les considera ni siquiera hermanos asesinados por su fe y su devoción por los pobres. Ni se reza una oración por su descanso eterno.

Los asesinos principales, tuvieron mejor suerte. Zelaya Ordóñez, padre del expresidente Manuel  Zelaya Rosales y Enrique Barh, encausados, ingresaron en la cárcel y estuvieron en ella, menos de un año. El primer acto de Roberto Suazo Córdova, católico confeso y santero de mucha fama internacional, desde la Asamblea Constituyente, emitió un decreto de amnistía que les permitió salir en libertad. El mayor Chinchilla fue enviado a un cargo de agregado militar en Europa. Según refieren, actualmente, reside pacíficamente tranquilo en San Pedro Sula.  No fueron tan afortunados, el sargento Plata, que murió víctima de un atentado del que nunca se supo quiénes fueron sus autores. Ni tampoco el obispo Nicolas D Antonio, que fue destituido de su diócesis, castigado y enviado a una olvidada parroquia en los Estados Unidos. Allá, viejo y abandonado, reza  con amorosa devoción, por el alma de quienes fueron víctimas del más horrendo crimen de la historia de Honduras.

Tegucigalpa, julio 3 del 2016

El martirio y el asesinato del padre Ivan Betancourt

Anales Históricos  5 julio, 2009 – 10:43 AM

 

Juan Ramón Martínez

ultima foto de Ivan Betancourt

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Hace 34 años, Iván Betancourt, colombiano, sacerdote católico, enamorado de los pobres de Olancho, fue ajusticiado en la finca Los Horcones, propiedad de Manuel Zelaya, padre del actual Presidente de Honduras. Otras trece personas, corrieron igual suerte que el padre Betancourt. Después de muertos por varios disparos, sus cadáveres fueron depositados en un pozo malacate, rellenado y aplanado con tractores, para destruir todas las huellas que condujeran a descubrir los cuerpos inertes y a establecer vinculaciones con los culpables. Mientras la población se preguntaba dónde se encontraban las catorce personas desaparecidas. El mayor Enrique Chinchilla anunciaba, contando con el apoyo de periodistas locales pagados, que estos se habían ido a las montañas en donde supuestamente se habrían organizado en guerrillas para combatir al gobierno dirigido por Juan Alberto Melgar Castro. La investigación efectuada por una Comisión Militar, confirmó que la especie era falsa; y que, más bien las catorce personas desaparecidas, habían sido asesinadas; y que los responsables del crimen eran el mayor Enrique Chinchilla, el sargento Benjamín Plata, el ganadero Manuel Zelaya y el empresario maderero Enrique Barh. Enjuiciados, encarcelados y condenados, fueron objeto de una amnistía gestionada y lograda por los diputados del Congreso Nacional. Posteriormente Chinchilla fue asignado al servicio diplomático en donde representó a Honduras en diferentes países. Actualmente reside en la Costa Norte de Honduras. Benjamín Plata falleció víctima de un atentado. El señor Zelaya murió en su cama, por causas naturales; y sólo sobreviven a aquella masacre, la más horrible de toda la historia de Honduras, el ex mayor Chinchilla y el señor Barh.

Conocí a Iván Betancourt en 1968 en Choluteca. Estaba recién venido de Colombia, de donde había ingresado a misionar en Honduras. Era entonces un diácono que se preparaba para ordenarse sacerdote, cosa que efectuó un poco de tiempo después.

Era un hombre de mediana estatura, pelo desordenado que trataba de mantener disciplinadamente sobre la frente de tez bastante clara, casi blanco en el modelo valorativo hondureño, con una voz sonora y agradable y con una disposición alegre que le hacía un contertulio de primera mano. Contaba chistes, –típicos muchos de ellos de curas–, en donde la burla era contra los sacerdotes y refería anécdotas en donde mostraba cómo de tropezón en tropezón iba tomando conciencia de la dolorosa realidad que los estudios teológicos y la atmósfera falsa del Seminario, había disimulado. No podía entender la desigualdad y la exclusión; y creía que la pobreza era un pecado que había que redimir y cambiar. Cuando le conocí, llegó a Choluteca para conocer la metodología que bajo la dirección del padre Pablo, aplicábamos en la formación de los “animadores sociales”, una suerte de liderazgo de alta participación que surgía desde la base y que animaba la acción colectiva a partir de la realidad asumida como problema. Iván Betancourt se sintió impresionado por la metodología, la estudió críticamente y se regresó a Olancho. Después de ordenado fue párroco en Catacamas. En varias oportunidades que visité esa hermosa ciudad olanchana, en afanes de promoción de las cooperativas de ahorro y crédito, me encontré brevemente con Iván. Conversamos sobre lo que hacía, los problemas que confrontaba y las amenazas que le hacían los terratenientes. Se reía con facilidad de todo e incluso de su muerte. No porque creyera que su fin era volverse santo por medio de una muerte violenta en manos de personas que le rechazaban por su fe, sino –y esto es una especulación personal– porque era una fórmula que él usaba para evitar que el miedo le paralizara y le incapacitara para cumplir su misión.

La última vez que le vi, debió haber sido en 1974. Fue en ocasión de la inauguración de las actividades de las escuelas radiofónicas en Olancho Antonio Casasola, con la mejor buena intención y dentro de un espíritu dialogal que nunca le abandonó, organizó un acto en el centro Santa Clara, que un año después sería la primera estación del calvario que los militares y los ganaderos sometieron a los mártires de Olancho, para acercar a militares, políticos, ganaderos y sacerdotes. Allí, frente al coronel Lisandro Padilla y su plana mayor, Iván hizo el último discurso que le escuché. Empezó sellando la pobreza de la población de Olancho, ponderó la enorme calidad y cantidad de recursos que Dios les había dado a todos, criticó la forma cómo unos pocos se habían aprovechado de los mismos; e hizo responsables a los militares por haberlo permitido. Por supuesto, a Padilla no le pareció gracioso lo dicho por el padre Iván Betancourt. Tengo la impresión que allí empezó, esa misma noche su muerte violenta en manos de Chinchilla y sus cómplices. Casasola, para tratar de arreglar la confrontación producida, me pidió que interviniera. En el ánimo de ordenar un poco las cosas, lo único que pude agregar es que, estábamos en la obligación como católicos, de asumir que todos, de alguna manera, éramos responsables del desorden establecido y dominado por la injusticia y la inequidad. Padilla no se tragó el cuento. Sin embargo, para demostrar su desagrado, nos invitó a Casasola y a mí a un restaurante drive in de su propiedad que estaba instalado en el otro lado del río Juticalpa, después del puente llamado de la Marimba, por la forma que sonaban las tablas cuando pasaban los vehículos. Allí, Padilla y sus compañeros militares bebieron copiosamente. Casasola y yo, por prudencia nos mantuvimos sobrios, pese a las reiteradas incitaciones castrenses. En algún momento, Padilla me dijo, con usted sí se puede hablar Monchito, en cambio con otros, no hay diálogo posible. Nos despedimos de los militares cerca de las cuatro de la mañana. A Iván nunca más lo volví a ver. Un poco más de un año, los militares –que se la tenían jurada y los ganaderos que lo veían como una amenaza– lo asesinaron en la finca de Los Horcones de Manuel Zelaya, un 25 de junio de 1975. Hace 34 años.

Tegucigalpa, junio 26 de 2009

PADRE IVAN BETANCOURT
Nació el 28 de julio de 1940 en la ciudad de Fredonia, Departamento de Antioquia, República de Colombia. Sus padres Luis y Felisa Betancourt

Hizo sus estudios secundaria en Cali, Colombia, de 19594 a1959. En la Universidad San Buepaventogotá obtuvo su licenciatura en filosofia en el año de 1963 y
luego hizo sus estudios eclesiásticos de teología de 1965 a 1968.

Vino a Honduras en septiembre de 1968. Fue ordenado sacerdote en su ciudad natal el 1° de agosto de 1970. Al regreso trabajó en la pastoral juvenil en Juticalpa y después fue párroco en Dulce Nombre de Culmí, donde quienes se vieron afectados por su trabajo pastoral lo calumniaban y recogían firmas para expulsarlo.

Un hombre enérgico
El Padre Iván era un hombre enérgico, activo e incansable. Cuando vino a Honduras se integro al primer equipo de evangelizacion de Olancho. Trabajó con los Delegados de la Celebración de la Palabra.

Siempre tuvo un especial inte¬rés por la familia. Por esta razón decidió estudiar y especializarse en este campo. Hi¬zo un estudio intenso en Ottawa, Canadá en la Universidad de San Pablo donde obtuvo su Master en Pastoral Familiar

Al regreso de sus estudios en 1974, se dedicó a la Pastoral Familiar. Cuando murió comenzaba con sus “labora¬torios conyugales” como él llamaba a los cursos que daba a parejas. Siendo él un hombre de oración, enseñó a sus feligreses a poner la oración en primer lugar, como él lo hacía. En términos muy claros rechazó las injusticias y por la justicia murió

“No se queden dormidos, muévanse por alguna cosa importante en la vida. No basta criticar. Hay que hacer algo… No nos cansemos de buscar algún modo de progresar. Pienso que es muy triste quedarse uno estancado como ciertas aguas podridas a un lado del camino. Hay que progresar, no importa cuantos años tenemos, siempre se puede ir un poco mas adelante. Nunca hemos terminado”

Ivan Betancourth
Carta a los cristianos de Catacamas

25 de junio de 1975 nunca se olvidará

Fuente: Vida Laboral Edic. # 20, Julio de 2005